La parte por el todo

El movimiento laicista, por su devenir histórico, se ha centrado en la separación Iglesias-Estado, lo que además ha hecho que se vea fácilmente vinculado al ateísmo, pues rara vez desde el ateísmo no se comparte esto. Desde el movimiento laicista se hace mucho énfasis en distinguir laicismo y ateísmo, pues, si bien quien es ateo suele ser laicista, la relación inversa no tiene por qué darse.

La separación Iglesias-Estado es básicamente la expresión en positivo del anticlericalismo («clericalismo: influencia excesiva del clero en los asuntos políticos.», Diccionario de la lengua española (22.ª edición), Real Academia Española, 2001), pero el anticlericalismo no implica antireligiosidad. Así, nos podemos encontrar con casos de personas que siendo creyentes (valga como ejemplo la organización española Redes Cristianas) son anticlericales, pero obviamente no son antireligiosas.

Pues bien, al igual que el anticlericalismo no implica antireligiosidad, y que el laicismo no implica ateísmo, el anticlericalismo no implica necesariamente laicismo.

El laicismo implica el anticlericalismo, pero no sólo busca la separación de las Iglesias y el Estado. Si atendemos a la definición de laicismo, éste es mucho más amplio. La separación Iglesias-Estado es condicio sine qua non para el pleno desarrollo de la libertad de conciencia, pero en modo alguno es suficiente. El establecimiento de las condiciones políticas, jurídicas y sociales para el pleno desarrollo de la libertad de conciencia requiere mucho más, la separacíón Iglesias-Estado es sólo una concreción de una de las propuestas del laicismo para el establecimiento de estas condiciones, que es la separación de la esfera de lo público y la de lo privado, de lo que también se puede concretar el principio de neutralidad del Estado.

En definitiva, hay que tener cuidado de no confundir la parte con el todo.

iceberg

«iceberg» de Natalie Lucier. Disponible bajo la licencia CC BY 2.0 vía Flickr